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Lunes 24 Marzo 2008

No son pocas las películas que a lo largo de la Historia del Cine han recurrido a los objetos personales y de escritorio como principales protagonistas de sus títulos de crédito, de manera que su empleo, inicialmente anecdótico, ha pasado a convertirse con el tiempo en una tendencia tan habitual como socorrida. El éxito de esta herramienta salvavidas no es gratuito, y sus ventajas, narrativas a la par que económicas, saltan a la vista: los distintos utensilios y cachivaches de uso cotidiano no sólo permiten introducir al espectador en el ambiente, la atmósfera y la época en que transcurre la trama, sino que su presencia, como posesiones que son al fin y al cabo, también ayuda a definir a los personajes, a ofrecernos esa “primera impresión”, anticipándonos su personalidad o sus actividades antes incluso de que éstos hagan aparición en la pantalla, del mismo modo que pueden contener algún significado simbólico ligado o no a lo anterior. En definitiva, podemos afirmar sin temor a ser tomados por locos que las cosas nos hablan, y más y mejor todavía, porque a menudo son las únicas capaces de explicarnos aspectos difíciles de verbalizar por otro medio.

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Uno de los ejemplos más emblemáticos, puros y a la vez integradores de esta corriente lo encontramos en el clásico de 1962 “Matar a un ruiseñor”. La adaptación de la famosa novela de Harper Lee a cargo de Robert Mulligan arranca deliberadamente con la apertura de una ajada caja de cartón a manos —dicho esto en el sentido más literal— de un niño. Esta brillante “subida de telón” nos permite descubrir en su interior una serie de pequeños tesoros infantiles, desde enseres de escritorio (lápices, ceras…) hasta diminutos juguetes (una pareja de muñecos, canicas…), pasando por unas llaves y un reloj; todas ellas bagatelas de inocente apariencia, pero profundamente cargadas de significado. Aunque con un tono y unas intenciones bien distintas, treinta años más tarde, Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro también utilizaron una disposición similar como trampolín para sumergirnos en el delirante, opresivo, decadente y mágico universo de “Delicatessen” tras el contundente golpe de efecto inicial. En esta ocasión se trata de objetos bañados por el filtro ámbar de la nostalgia; trastos, hablando con propiedad, apelotonados sin orden ni concierto en un hipotético desván, que aparecen abandonados entre el polvo del olvido y los rasguños, cuando no roturas, de la vida. Que entre ellos se encuentre un mano amputada tampoco es fruto de la casualidad. Su función es, por si fuera poco, doble, puesto que además sirven como ingenioso soporte para el desfile de créditos de la película.

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Una variación de la escuela “objetista”, aunque en movimiento, se halla en los mil veces imitados títulos de crédito de “Seven”, pero éstos me los reservo para incluirlos en otro grupo que tengo intención de repasar más adelante. Mucho más recientemente, Jared Hess le dio una creativa vuelta de tuerca gastronómica a este recurso en “Napoleon Dynamite”, haciendo gala tanto de sus aires desenfadados y modestos como de su voluntad moderna y renovadora. Aquí, aparte de algunos enseres asociados de manera indefectible a la vida de todo estudiante, son los platos de comida que se nos van sirviendo ante nuestros ojos, los que respaldan la carta de presentación —¿o deberíamos decir “menú”?— de esta exitosa comedia nerd. Y para terminar, al menos de momento, merece la pena rescatar otra muestra cercana que también recoge ese mismo espíritu —por algo va de fantasmas—, devolviéndonos en este caso una auténtica naturaleza muerta en toda la amplitud de la expresión. Me refiero a la colección de objetos atrapados en el hielo que dan paso a “The river king”, un thriller sobrenatural protagonizado por Edward Burns que, a diferencia de sus títulos de crédito, pasó sin pena ni gloria por la cartelera. Esta vez, al margen de adelantarnos el desapacible clima que preside la cinta y cuál es el punto de partida de su argumento, parece que sus responsables quisieron combinar la idea de unas pruebas conservadas dentro de bolsas de plástico con el concepto de secretos enterrados que amenazan con salir de nuevo a la superficie con el deshielo.

En las imágenes: Detalle de los títulos de crédito de “Matar a un ruiseñor” © 1962 Brentwood Productions, Pakula-Mulligan y Universal International Pictures (UI). Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Napoleon Dynamite” © 2004 UIP. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Delicatessen” © 1991 Sofinergie Films, Sofinergie 2, Investimage 2, Investimage 3, Fondation GAN pour le Cinéma, Constellation, Hachette Première, Union Générale Cinématographique (UGC) y Victoires Productions. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “The river king” © 2005 Filmax. Todos los derechos reservados.

Martes 23 Octubre 2007

Hablando de sociedades distópicas… Casualmente, el blog de cine y televisión Snarkerati publicaba el mes pasado una lista con las 50 películas de todos los tiempos que mejor han abordado la distopía en el cine, es decir, aquellas cintas de ciencia-ficción que presentan gobiernos totalitarios, sociedades deshumanizadas dominadas por el caos y la violencia o tecnologías ciber-genéticas. El título más antiguo que podemos encontrar es “Metrópolis”, la obra maestra de Fritz Lang, que no en vano ocupa también el primer puesto del ranking, mientras que la celebrada “Hijos de los hombres” de Alfonso Cuarón, en sexto lugar, y la fallida “Idiocracia” de Mike Judge, en el número 45, figuran como las más recientes. A la cola de la clasificación se sitúa “Equilibrium”, de Kurt Wimmer, una producción que, dicho sea de paso y vaya usted a saber porqué, nunca llegó a estrenarse en las salas españolas.

Por supuesto, dentro de esta selección no podían faltar clásicos antiguos y modernos como “El último hombre… vivo” de Boris Sagal, “La naranja mecánica” de Stanley Kubrick, “Brazil” y “Doce monos” de Terry Gilliam, “Blade Runner” de Ridley Scott, “Matrix” de los hermanos Wachowski, “Robocop” y “Desafío total” de Paul Verhoeven, la original “El planeta de los simios” de Franklin J. Schaffner, “Gattaca” de Andrew Niccol, “Fahrenheit 451″ de François Truffaut, “Mad Max” de George Miller, “Dark City” de Alex Proyas, “1997: Rescate en Nueva York” de John Carpenter, “1984″ de Michael Radford, “Soylent Green: Cuando el destino nos alcance” de Richard Fleischer, “La fuga de Logan” de Michael Anderson, “Días extraños” de Kathryn Bigelow, “Naves misteriosas” de Douglas Trumbull, “A.I. Inteligencia artificial” y “Minority report” de Steven Spielberg, “Delicatessen” de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, “Perseguido” de Paul Michael Glaser, “Lemmy contra Alphaville” de Jean-Luc Godard, o “Rollerball” de Norman Jewison, por mencionar sólo algunas. Finalmente, destacar que la animación cuenta con cuatro representantes, tres de ellas procedentes de Japón: “A scanner darkly (Una mirada a la oscuridad)”, uno de los últimos trabajos de Richard Linklater, “Akira” de Katsuhiro Ôtomo, “Ghost in the shell” de Mamoru Oshii y “Metrópolis” de Rintaro.

En la imagen: Fotograma de “Metrópolis” - Copyright © 1927 Universum Film. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Hijos de los hombres” - Copyright © 2006 Universal Pictures, Strike Entertainment y Hit & Run Productions. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos reservados.