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Miércoles 9 Abril 2008

En el anterior cromo de la colección comentaba cómo muchos de los títulos de crédito recientes que se apoyan, tanto en sentido figurado como materialmente, sobre paredes o arquitecturas más amplias, caso de los de “La habitación del pánico” y “Hostage”, no hacen sino recoger el testigo dejado por Saul Bass varias décadas atrás, y más concretamente el de sus clásicas creaciones para “West Side story” o “Con la muerte en los talones”. Otro trabajo cercano que se inspira en sus diseños es la secuencia introductoria de la comedia romántica “Hasta que la ley nos separe”, donde, sobre el fondo de una serie de planos urbanos en movimiento, las letras del equipo se van estirando hasta formar líneas paralelas, cuadros y redes, al tiempo que las imágenes se dividen en bloques y desplazan hacia los cuatro lados como cortinillas. Errr… bueno, más o menos; mejor verlo directamente. De hecho, así a lo tonto, a lo tonto, se convierte en una síntesis perfecta, pero en versión moderna, de muchas de las constantes de la obra de Bass: formas geométricas y figuras quebradas en constante movimiento —Pese a tratarse de una versión mucho más pobre, la apertura del thriller “Falsa identidad”, anterior a la primera, también echa mano a la misma tijera—.

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Tampoco el prólogo de los “Soñadores” de Bernardo Bertolucci escapa a los parentescos —de hecho, como decía mi compañera Almudena, la película entera está plagada de ellos—. Por mucho que aquí se cambien el cristal y el ladrillo por el metal de la parisina Torre Eiffel y se le añadan unas pinceladas de color, volvemos a toparnos con ese entramado como base por encima del cual descienden los créditos. Más letras estampadas sobre monumentos emblemáticos y con un intencionado tono retro, en los también llamativos títulos de crédito de “Good bye, Lenin!”, que ya nos ponían en antecedentes acerca del tema de esta película en la que Daniel Brühl se veía obligado a recrear la Alemania Oriental pre-caída del Muro para que su madre enferma continuara sumida en su burbuja comunista. Pero vayamos con un par de variaciones que, a pesar de seguir “dándose contra la pared”, supieron encontrar su propio estilo. Especialmente en el primer caso, porque si hablamos de títulos de crédito que se han ganado un espacio en la memoria por su originalidad y gracia, no podemos olvidarnos de la ya legendaria y exuberante animación, obra de Terry Gilliam, que servía como prefacio de “La vida de Brian”, el clásico del humor de los Monty Python. En este caso, no sólo se nos muestran los nombres de sus artífices grabados sobre piedra, sino que también son las propias letras, cayendo en plan Tetris, las que van construyendo los muros de esa Historia alternativa.

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Aunque mucho menos vistosa y colorista, también resulta ingeniosa la aportación psicodiagnóstica que nos trajo “Spider” de David Cronenberg. Tratándose de una cinta que se mueve dentro del opresivo y atormentado mundo interior de su protagonista, qué mejor idea que convertir las manchas de humedad y los desconchados de una vieja y sórdida pared en las manchas del Test de Rorschach. Por supuesto, en este grupo también incluiríamos las de “El orfanato”, pero a ésas ya las pusimos “de cara a la pared” por copiarse de “El rapto de Bunny Lake”. Otras veces las paredes son unas completas “iletradas”, pero el recorrido que emprende la cámara a través de ellas, sumergiéndose por laberínticos pasillos y habitaciones, nos permite ir entrando en el decorado y en el ambiente anímico donde tiene lugar la acción principal de un largometraje, como ocurría en otros dos ejemplos próximos: el muy alabado comienzo de “Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet”, de Tim Burton —tras colarnos por una ventana, en la mejor tradición hitchcockiana, descubríamos las góticas y ensangrentadas interioridades (bueno, más que sangre, aquello era de puro bote Titanlux) de esa especie de “casa del terror” en su faceta gastronómica—, y el preámbulo de “Hellboy”, de Guillermo del Toro, también al rojo vivo, y que, dado que se trataba de la adaptación de un cómic, se ayudaba asimismo de la prensa escrita.

Viene de:

En la imagen: Detalle de los títulos de crédito de “Hasta que la ley nos separe” © 2004 DeAPlaneta. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Soñadores” © 2003 Lauren Films. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Spider” © 2002 Manga Films. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “La vida de Brian” © 1979 HandMade Films y Python (Monty) Pictures. Todos los derechos reservados.

Lunes 31 Marzo 2008

Podríamos tirarnos horas hablando de aquellos de títulos de crédito que se han inspirado en los vanguardistas diseños del maestro Saul Bass, reconociendo en el mejor de los casos su influencia a modo de homenaje o guiño; en el peor, tratando de hacer pasar la copia por original, como el caso que nos ocupa. Sin embargo, quería introducir esta serie con un ejemplo aún próximo que me llamó especialmente la atención por sus similitudes con una creación de Bass que vio la luz en 1965, pero que, no obstante, no es una de sus obras más populares y apenas se menciona en las tan socorridas listas. Me estoy refiriendo al reciente taquillazo español “El orfanato” —también manda leches que una película que engullía, más que bebía, de tantas tetas, digo, antecesoras, presumiera de orfandad—. En fin, ¿qué decir de una propuesta tan novedosa y rompedora, salvo que se merecía una carta de presentación a la altura de tan novedosos y rompedores ingredientes? Vale, estaba siendo irónica, pero rompedora, literalmente hablando, sí lo era. Y no sólo en sus títulos de crédito.

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Tanto si ya la vieron como si no, todos tendrán presente esa imagen tan recurrente de unas manos infantiles —de nuevo nos topamos con ese rasgo ligado a la inocencia— arrancando progresivamente el papel antiguo de una pared, y dando paso con cada nuevo jirón a los rótulos de sus firmantes. Esta acción, que una vez más jugaba con la idea de sacar a la superficie secretos o verdades sepultados por el tiempo —bueno, y por algo más—, de paso que servía para ir introduciéndonos entre las cuatro paredes de ese antiguo caserón, se utilizó tanto en su web oficial como en sus tráilers, como en algunas de sus imágenes promocionales. En otras palabras, se convirtió en LA imagen la película. Pues mira tú por donde que aquel mismo recurso ya lo hizo servir Saul Bass en la desgarradora introducción de “El rapto de Bunny Lake”, un thriller dramático de producción británica en el que volvió a colaborar con uno de sus asiduos, el gran Otto Preminger, siendo Carol Lynley y Laurence Olivier sus principales intérpretes. Los parecidos no se acaban aquí, puesto que, salvando las distancias de planteamiento y tono, resulta que su trama, basada en una novela de Marryam Modell, giraba en torno a una madre que aseguraba que su hija había desaparecido, aunque las evidencias indicaban que la mujer estaba chaveta y que todo era producto de su imaginación —Puestos a sacar a relucir parentescos, “Plan de vuelo: Desaparecida” también le dio al papel de calco sobre esta última—.

Viene de:

En la imagen: Detalle de los títulos de crédito de “El rapto de Bunny Lake” © 1965 Wheel Productions. Todos los derechos reservados. Detalle de la web oficial de “El orfanato” © 2007 Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Lunes 10 Diciembre 2007

Como seguramente muchos de ustedes ya sabrán, la ESCAC (Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña) es una reputada escuela de cine con sede en Barcelona. Francamente, no recordaba haber entrado antes en su página oficial y, dado que mis intereses educacionales tampoco van encaminados precisamente hacia esos derroteros, dudo mucho que vuelva a hacerlo en bastante tiempo. Sin embargo, hace unos cuantos días le dediqué una visita en profundidad a su web y me llamó la atención un pequeño detalle… bueno, en realidad, un cúmulo de pequeños detalles… en fin, un desastre que se encontraba en uno de los banners laterales de su sitio. Verán, como manda la tradición en toda escuela que se a-precie, los responsables de la ESCAC también se dedican a presumir de aquellos alumnos que han pasado por sus aulas y que han acabado labrándose un nombre en esto del cine. Hasta aquí, todo normal.

Así pues, y según pueden comprobar en la imagen superior, han querido dedicar un pequeño pero llamativo recuadro a felicitar a cinco de sus ex alumnos de Dirección que han coseguido dar el salto al largometraje, algunos con más éxito y proyección que otros, todo hay que decirlo. Dejando al margen el hecho de que las iniciales del nombre de Juan Antonio Bayona —sí, el de la sobrevaloradísima “El orfanato”— hayan pasado a convertirse en una jocosa interjección con tintes de mofa («¡Ja! ¡Bayona! ¡Y parecía que se iba a comer los mocos él solito!», parecen querer insinuar), y pasando por alto que el webmaster/redactor responsable de tamaño “artículo” no localizaba los acentos en su teclado, ¿alguien me puede explicar por qué a la pobre Roser Aguilar le han cambiado el apellido tan alegremente? Y, peor aún, ¿por qué dos semanas después vuelvo a la web y sigue apareciendo el mismo error, que a a saber desde cuándo está publicado? ¿Nadie se ha dado cuenta? ¿Es tan complicado rectificarlo? ¿Es así como sacan pecho de sus no-alumnos? ¿He de ponerme tan tocapelotas? Posí. Yo qué quieren que les diga, da mala imagen del centro. Y mientras tanto, en algún rincón de Cataluña, o vaya usted a saber, quizás en Filipinas, una tal Roser Aguirar acaba de descubrir que estudió en la ESCAC y que ha dirigido una película que se pasea por festivales de medio mundo.

En la imagen: Detalle de la web de ESCAC - Copyright © 2007 ESCAC. Todos los derechos reservados.